viernes, 30 de diciembre de 2016

MONOTEÍSMO. IV. Roma contra Judea, Judea contra Roma.

Cuando en el año 63 a. C. Pompeyo asaltó el Templo de Jerusalén, el partido macabeo quedó muy maltrecho y sin cabecillas. Sin embargo, Pompeyo no actuó con extrema crueldad; respetó la vida de Aristóbulo II y su familia, y tras la matanza de más de 12.000 macabeos en la batalla y la represión siguiente, intentó aplacar los ánimos mostrando respeto hacia las creencias y costumbres de los judíos. En su interior pensaba que éstos se comportarían como los otros pueblos sometidos; creía que un poco de mano dura al principio y algo de benevolencia después bastarían para que el país aceptase el dominio de Roma. Pero se equivocaba.
Si bien el partido macabeo había sufrido durísimos golpes, estaba lejos de haber sido aniquilado y se mantenía firme en sus principios ideológicos. Poco después del desastre del 63 a. C. se organizaron guerrillas en las serranías de Judea y el mismo Aristóbulo II y su hijo Alejandro, escasamente vigilados, se unieron a los rebeldes liderándolos.
No obstante, aquellas guerrillas eran incapaces de enfrentarse eficazmente al ejército romano; Aristóbulo fue derrotado y llevado de nuevo a Roma como prisionero; sus partidarios hubieron de dispersarse y parecía que finalmente Judea acabaría sometiéndose.
El partido de los saduceos veía en la pacificación y sometimiento el escenario más favorable a sus intereses; por esta razón desde un principio estuvieron dispuestos a colaborar con los gobernadores que Roma enviaba a Judea. Pero la cosa acabó estropeándose cuando César, Pompeyo y Craso acordaron lo que vino a llamarse Primer Triunvirato, que no era más que un pacto entre tres magnates ávidos de poder. En el reparto Oriente le tocó a Craso y éste se dirigió a Siria con la intención de hacer la guerra a los partos. En el año 53 a. C., mientras Craso estaba de campaña contra los partos, Galilea se levantó en armas. El entusiasmo de los rebeldes fue enorme cuando recibieron la noticia de que Craso había muerto y su ejército aniquilado por los partos. La represión de los rebeldes fue encomendada a Casio, quien usó una mano durísima con los macabeos; 30.000 de ellos fueron vendidos como esclavos.
El 11 de enero del año 49 a. C. Cayo Julio César cruzó el río Rubicón y comenzó la Guerra Civil, en la que él y Pompeyo se disputaban el poder absoluto. En la guerra, César recibe la ayuda de Antípater, gobernador de Idumea en tiempos de Aristóbulo II, protector de Hircano II y aliado del rey nabateo Aretas (MONOTEÍSMO. III. El reino de los cielos.).
César se mostró agradecido. Al mismo tiempo que confirmó a Hircano en su cargo de sumo sacerdote, otorgó a Antípater la ciudadanía romana y le nombró procurador de Judea.

                                             Cayo Julio César.

Aunque César llevó a cabo una política indulgente en Judea, los macabeos volvieron a organizarse en guerrillas en las sierras, acaudillados por un nuevo líder: Ezequías. Contra él envió Antípater a su hijo, Herodes. Las guerrillas se concentraban nuevo en Galilea, y Herodes actuó eficazmente contra ellas; tras una rápida campaña, captura y ejecuta a Ezequías. Como premio por esta victoria el Gobernador romano de Siria entregó a Herodes el gobierno de las llanuras del Líbano.
En 44 a. C. César fue asesinado y estalló una nueva guerra civil, tras la cual vino otra entre Octavio y Marco Antonio. En todas estas ocasiones Herodes demostró gran habilidad, y siempre sacó provecho de ello, incluso cuando se equivocó al tomar partido. Tras la muerte de su padre, Antípater, en 43 a. C., quedó como el único hombre de confianza para los romanos en Judea, fuesen de un bando o de otro.
Al sanedrín no le gustaba Herodes, pero al fin y al cabo era un hombre que favorecía los intereses de este consejo. A los saduceos solo les interesaba preservar sus privilegios y mantener el control de la situación a través de Hircano II, sumo sacerdote y descendiente de Matatías el asmoneo. Si tenían que compartir el poder con Herodes, lo harían, porque no tenían otra alternativa.
A los fariseos del sanedrín tampoco les gustaba Herodes, pero también entendían que no tenían otra opción que aceptarlo, sobre todo porque era el hombre de los romanos en la región. Con actitud teatral despreciaban los asuntos de la política, aparentando dedicarse únicamente a los asuntos de la ley deuteronomista, pero realmente se comportaban como un partido cohesionado que buscaba desplazar a los saduceos con el tiempo.
En el invierno del 41 al 42 a. C., Antígono Matatías, el último de los hijos de Aristóbulo II estableció una alianza con los partos y tomó Jerusalén. Lo primero que hizo el macabeo fue torturar a su tío Hircano II y entregárselo a los partos. Igual que su abuelo Judas Aristóbulo y su padre, Antígono se proclamó rey y sumo sacerdote a un mismo tiempo.
A la par de estos acontecimientos Herodes viajó a Roma y convenció a Octavio y Marco Antonio para que le nombrasen rey de Judea; en el otoño del 42 a. C. el senado le nombró rey de Judea y aliado de Roma.
Desde Italia regresó a Judea en el año 39 a. C. al mando de un ejército de mercenarios y entabló una guerra con Antígono Matatías que duró dos años. Herodes fue apoyado por los romanos y Antígono por los partos; la lucha fue durísima, pero en 37 a. C. Jerusalén se rindió y Antígono fue ejecutado por los romanos.

                                        Herodes el Grande.

Herodes, conocido como el Grande, tuvo un largo mandato que acabó en 4 a. C., año de su muerte. Encarnó una monarquía de tipo helenístico, fastuosa y sometida al poder de Roma. Dependió al principio de los triunviros, Octavio, Marco Antonio y Lépido; después, tras la última guerra civil de la República, dependió de Octavio, llamado Augusto, imperator. Tenía la consideración de aliado de Roma y estaba exento de pagar tributos. Sin embargo, en los asuntos internacionales carecía de autonomía y debía obedecer a Augusto; no podía declarar la guerra por su cuenta y era más bien una pieza del aparato romano en la frontera oriental. Su disponibilidad ante Augusto fue incondicional y le demostró continuamente su admiración y su respeto. En contrapartida, Roma apuntaló el poder de Herodes y le concedió los derechos de solicitar extradiciones y proponer a quien le sucediera.
Su objetivo principal fue aniquilar al partido macabeo, lo cual hizo sin contemplaciones. A los saduceos y los fariseos bastó con amenazarlos y vigilarlos estrechamente con eficacia policial. Mediante el destierro y otros castigos amedrentó al sanedrín y puso a sus pies a la antigua aristocracia sacerdotal de Jerusalén.
Para atraerse la buena voluntad del pueblo y de todos los monoteístas convencidos, reconstruyó y embelleció el Templo de Jerusalén; a este nuevo templo pertenece el actual muro de las lamentaciones.
Para aumentar su prestigio construyó un palacio real en Jerusalén y la fortaleza-mausoleo de Herodium. Además emprendió grandes obras de abastecimiento de aguas, comunicaciones e infraestructuras. No cabe duda de que durante el reinado de Herodes el Grande la riqueza de Judea aumentó y la calidad de vida de sus habitantes mejoró.


El reino de Herodes era grande y poseía abundantes recursos procedentes de la agricultura y el comercio. Las grandes rutas comerciales que unían el Océano Índico y el Mar Mediterráneo pasaban por la costa de Judea, y las que unían Egipto y Siria también.

Rutas del Índico-Mediterráneo.

Como hemos dicho anteriormente, Herodes consiguió destruir el partido macabeo; para asegurarse de la irreversibilidad de esta destrucción, asesinó a los miembros de la familia de los asmoneos que quedaban. Ahora bien, aunque las matanzas y persecuciones fueron grandes, muchos de los que compartían el ideario macabeo continuaron guardando en su interior todo aquello por lo que habían luchado durante tantos años. El recuerdo de los reyes macabeos no se perdió y se convirtió para el pueblo en el referente definitivo de la monarquía judaíta, de la unión del Templo y el palacio.
Pero fue inevitable que estos sentimientos se mezclaran con otros de desesperación ante el poder de Roma y la solidez de la monarquía de Herodes. Aunque los descendientes de Matatías, los asmoneos, seguían siendo para muchos la imagen del rey sacerdote, el hecho de que la familia estuviese prácticamente extinta y sus mejores seguidores muertos, convertía a la restauración de los asmoneos en un imposible.
El monoteísmo yahvista estaba roto en trozos que no encajaban. En el sanedrín se habían conformado con la situación, a la espera de una ocasión para recuperar parcelas de poder perdidas, mientras el pueblo veía surgir en su seno diversos movimientos que tenían su origen en el antiguo partido macabeo. El más importante de estos movimientos era el de los zelotas, nacionalistas que proponían la guerra como medio para liberarse de la tutela de Roma. Se organizaron tras la muerte de Herodes el Grande y se les puede considerar como herederos directos del partido macabeo. Sin embargo, los zelotas no tenían un programa tan sólido como los macabeos, pues carecían de una dinastía que vertebrase a Judea como reino. En este sentido se produjo el fenómeno de que muchos acudiesen al recuerdo de la dinastía davídica, desaparecida hacía siglos y olvidada consecuentemente por la aristocracia sacerdotal. De todas formas, el partido zelota no tenía la gran popularidad del partido macabeo y no eran pocos los que apreciaban las mejoras que había traído la prosperidad del reino de Herodes.
Por otra parte, el peso de las comunidades de la diáspora en el judaísmo había aumentado de forma impresionante. Había comunidades judías en Egipto, Mesopotamia, Siria, Anatolia, Grecia y Roma. La comunidad más próspera y culta era la de Alejandría de Egipto; otra de gran importancia era la de Antioquía. La comunidad de Roma aún no era muy populosa, pues los primeros judíos que se instalaron junto al Tíber lo hicieron en tiempos de Aristóbulo II. Todas estas comunidades entregaban ricos donativos al Templo de Jerusalén para regocijo del sanedrín y del partido saduceo. En general los saduceos veían más importante la expansión del judaísmo por el Mediterráneo y Oriente que la situación política de Judea y el resto de los territorios del reino de Herodes.

Templo de Herodes en Jerusalén.

Pero los verdaderos beneficiarios de la expansión de la diáspora fueron los fariseos. Ellos controlaban las sinagogas y tenían un excelente aparato de propaganda, pues entre ellos se encontraban los escribas y maestros de la ley; eran gente culta, perteneciente a las clases medias y acostumbrados a la oratoria y el análisis y comentario de los textos. Los fariseos aparentaban  vivir retirados de la vida pública y de la política, pero desde la diáspora y desde Jerusalén habían entablado una sorda lucha por el control del monoteísmo. Crearon un colegio de doctores que se consideraba a sí mismo como un sanedrín en la sombra; a la cabeza de esta organización se hallaban Shemaia y Abtalión, doctores ambos. Les sucedió Hillel, procedente de la diáspora de Babilonia. Con Hillel entró un nuevo espíritu en la vida religiosa; se convirtió en un propulsor y creó los fundamentos para una interpretación y aplicación más amplia y libre de las antiguas leyes.. Poseedor de dotes extraordinarias para la explicación de la ley, Hillel se convirtió en el creador de una doctrina elevada y sencilla al mismo tiempo, en la que anteponía a todas las demás enseñanzas la compasión y el rechazo del egoísmo.

                    Tumba de Hillel en el monte Merón.

Las doctrinas de Hillel tuvieron muchos seguidores durante los tiempos de Herodes el Grande, y en general había otros muchos que coincidían con él aunque no fuesen fariseos. Entre estos últimos estaban los esenios, secta judaica que tenía sus orígenes en los tiempos de Matatías, cuando se planteó una solución a la situación del monoteísmo bajo la dominación de los seléucidas. Los esenios, discrepando de los macabeos, propugnaron una vida ascética y retirada, basada en una visión de la ley desde la perspectiva del amor y la renuncia. La comunidad de los esenios no era homogénea, sino que se componía de muchas comunidades que mostraban pequeñas diferencias en cuanto al modo de vida. Una de las comunidades sobre la que tenemos más información era la de Qumran, a orillas del mar Muerto.
Todas estas tendencias escapistas tuvieron su auge durante el reinado de Herodes el Grande y respondían a un sentimiento de desesperación de los judíos, que acabaron resignándose a la nueva monarquía de Herodes y al sometimiento a Roma. En esta época comenzaron a proliferar en Judea, Samaria y Galilea una multitud de predicadores y profetas que consolaban al pueblo y prometían soluciones a los problemas sociales, políticos y religiosos. El fracaso de la monarquía de los asmoneos había dejado a los judíos en un callejón sin salida, con el proyecto de la teocracia desbaratado, y con una nueva monarquía tutelada por Roma que carecía de legitimidad ante muchos.
Las tendencias escapistas y la falta de esperanza encontraron un poco de luz en una idea antigua que había sido desechada por las élites monoteístas en tiempos de la cautividad de Babilonia. Esta idea se sustentaba en la creencia de la llegada de el mesías, enviado por YHWH para instaurar definitivamente el reino de Dios en Judá; reino teocrático bajo la ley deuteronomista.
La situación del monoteísmo de YHWH era muy comprometida al final del reinado de Herodes el Grande porque aunque éste había reconstruído de Templo de Jerusalén y había mostrado respeto a la ley deuteronomista, por otra parte se había comportado como un monarca helenístico y había fomentado el helenísmo en todos sus aspectos en su reino. Además, Roma se había convertido en el mayor difusor e impulsor de la cultura helenística, actuando como un crisol donde se mezclaban todos las ideas y creencias del Mediterráneo.
En el año 4 a. C. murió Herodes el Grande y Augusto vio conveniente dividir su reino entre sus herederos; Herodes Arquelao recibió Judea y Samaria, Herodes Antipas recibió Galilea y Perea, y Herodes Filipo obtuvo Batanea, Gaulanítide, Traconítide y Auranítide.




Sin duda Augusto desconfiaba de los hijos de Herodes y prefirió dividirlos y contentarlos a todos solo un poco. Pero se equivocó con Arquelao, pues resultó ser un tirano y un mal administrador. Como consecuencia, lo destronó en 6 d. C. y dejó a Judea y Samaria bajo la administración directa de un gobernador romano, formando parte de una nueva provincia denominada Judea.



                         Moneda de Herodes Arquelao.

Augusto moriría pocos años después, en 14 d. C., quedando el Imperio en manos de su yerno, Tiberio.
Los principales beneficiados por estos acontecimientos fueron los zelotas, que quedaron formalmente constituidos como movimiento político en tiempos de Arquelao y que sumaron apoyos cuando Augusto convirtió a Judea en provincia romana; de esta forma, las tesis de los zelotas se veían corroboradas; lo más importante, según ellos, era conseguir la independencia, después se podría reconstruir el Estado teocrático en el que un rey tuviese el poder político y el religioso a la misma vez.
Como podemos comprobar, las ideas de los zelotas eran muy semejantes a las del desaparecido partido macabeo; es pues evidente de que aquellos nacionalistas radicales eran herederos de los macabeos.
Sin embargo, tanto los zelotas como otros muchos judíos habían incorporado a su ideario la creencia del mesianismo. Desaparecida la casa de David y aniquilada la de los asmoneos, la única alternativa que quedaba era la creencia en la llegada del Mesías, rey enviado por YHWH para establecer el reino de los cielos en Judea definitivamente.
Los zelotas veían al Mesías como un jefe militar que reuniría en torno a sí a todo el pueblo de Israel y expulsaría a los romanos de la tierra de Israel. Los saduceos, que tras la cautividad de Babilonia habían tomado el poder religioso, no querían saber nada sobre las profecías mesiánicas, pues iban en contra de sus intereses. Por su parte, los fariseos estaban más interesados en el control de las sinagogas en Judea y en la diáspora; su afán estaba en el control de las conciencias sobre la base de una interpretación literal de las sagradas escrituras. Finalmente, las masas esperaban un cambio que mejorase su situación, y la creencia en la llegada de el Mesías les proporcionaba una esperanza en un escenario adverso en el que el poder de Roma era implacable.
Surgió entonces uno de los personajes que más influencia han tenido en la Historia de la humanidad: Jesús de Nazaret. No es mi intención exponer en este artículo datos o argumentos sobre la persona humana de Jesús de Nazaret, pero sí sobre los que se llaman a sí mismos sus seguidores. De él podemos decir poco sin temor a equivocarnos:

  1. Que fue judío de Galilea.
  2. Que predicó en Galilea y Judea.
  3. Que reunió a un grupo de seguidores sobre los que tuvo gran influencia.
  4. Que murió ejecutado por los romanos siendo gobernador de Judea Poncio Pilato.
Todo lo demás pertenece bien al campo de las conjeturas, bien al campo de las creencias, en el que vamos a entrar.
Por los escritos de sus seguidores sabemos que fue crucificado por ser acusado de autoproclamarse rey de los judíos. Para la justicia romana ésto era causa para aplicar la pena capital como se aplicaba a los que no eran ciudadanos romanos: la crucifixión. Sin embargo, sus seguidores siempre han dicho que quienes movieron los hilos para que se aplicase la pena de muerte fueron los saduceos y los fariseos, que sentían un fuerte odio hacia él. En los Evangelios hay abundantes referencias a los saduceos y a los fariseos; sobre todo a éstos últimos se les califica de hipócritas. No es por tanto arriesgado afirmar que el grupo de discípulos de Jesús tenía una de sus referencias ideológicas en la oposición a saduceos y fariseos. Podíamos pensar, por tanto, que Jesús y sus seguidores se encontraban más cerca de los zelotas. No obstante, de lo escrito en el Nuevo Testamento se desprende lo contrario; es decir, los seguidores del nazareno estaban muy alejados de los zelotas, sobre todo porque rechazaban absolutamente la violencia. Podríamos pensar que Jesús y los suyos eran muy próximos a las comunidades de esenios que proliferaban desde el Mar Muerto hasta el Mar de Galilea, pero lo cierto es que carecemos de pruebas de que hubiese vínculos directos entre ambos movimientos.



En general podemos decir que Jesús de Nazaret y sus seguidores practicaban un judaísmo orientado hacia la versión más humanitaria de la Ley y fuertemente influenciado por las creencias mesiánicas. En lo que respecta al humanitarismo, podemos decir que el nazareno y sus seguidores eran radicales; es decir, interpretaban la Ley Mosaica desde un punto de vista muy fraternal e igualitario; hasta tal punto que reducen toda la Ley a un solo mandamiento: ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
Tras la muerte de Jesús la cuestión principal de sus seguidores se centró en ese prójimo al que hacía referencia su resumen de la Ley. El asunto era si considerar prójimo solo a los judaítas o a toda la humanidad.
Privados de su maestro, los seguidores de Jesús quedaron al principio incapaces de reaccionar; algunos huyeron de Jerusalén por miedo a ser delatados y apresados. El sanedrín tenía a su servicio a muchos comisarios religiosos que controlaban las distintas comunidades monoteístas de Judea y la diáspora; en cualquier momento se podía producir una delación y Jerusalén era un lugar poco seguro. Los seguidores de Jesús que se habían quedado en la ciudad eran pocos, unos ciento veinte según Lucas (Hechos de los Apóstoles 1-15) y la mayor parte de ellos galileos (Hechos de los Apóstoles 1-11), lo que demuestra que el origen del cristianismo se encuentra en Galilea. El sanedrín no tuvo dificultades en controlarlos a todos, pero tuvo noticias de que en Damasco se había reunido una comunidad activa de seguidores del nazareno. El problema era que Damasco estaba fuera de la jurisdicción religiosa del sanedrín, pues se encontraba en Siria, y el consejo religioso no podía actuar directamente sobre la comunidad judía de aquella ciudad. La única solución era enviar a un comisario religioso a las sinagogas de Damasco para recabar información y organizar represalias que involucrasen a los fariseos y a las autoridades romanas. El elegido para esta misión fue Saúl, judío de la diáspora nacido en Tarso, Cilicia. Saúl era un hombre que tenía una excelente formación y que había sido captado desde muy joven por el sanedrín. Además de ser muy inteligente, tenía otra cualidad que le hacía muy valioso para el sanedrín: era ciudadano romano. Su padre había conseguido la ciudadanía romana y el ya había nacido ciudadano romano y había tomado el cognomen de Paulo, es decir, Pablo. El caso es que cuando Saúl llegó a Damasco en lugar de perseguir a los nazarenos lo que hizo fue unirse a ellos.

                                         San Pablo según El Greco.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Era Saúl de Tarso un judío partidario de la interpretación humanitaria de la Ley Mosaica antes de emprender la misión que le encomendó el sanedrín? Lo que sí es seguro es que conocía profundamente las escrituras y que era un hombre de una gran capacidad intelectual.
Desde mi punto de vista, Saúl, aunque al servicio del sanedrín, desde hacía mucho tiempo había hecho una lectura del Pentateuco próxima a la de los doctores que veían en la Ley una llamada a la justicia, la igualdad y la fraternidad entre los seres humanos. Así, entendió que la doctrina de Jesús de Nazaret era exactamente lo que él ya buscaba desde tiempo atrás.
Otros seguidores del nazareno no habían entendido ésto tan claramente. Todos creían en el advenimiento de el Mesías, pero había puntos de vista diferentes. Unos veían a el Mesías de manera semejante a los zelotas, como un líder militar que restauraría la monarquía en Judá; otros lo imaginaban como un rey sacerdote que instauraría el reino de los cielos, donde la Ley de YHWH estaría presente en todo momento; otros, al fin, veían a el Mesías, como el enviado de Dios que traería el fin de los tiempos; es decir, el apocalipsis.
Desde el comienzo Saúl de Tarso comprendió que la doctrina del nazareno solo podía consolidarse fuera de la influencia directa del sanedrín; es decir, en la diáspora. El problema era que las sinagogas de la diáspora estaban controladas por los fariseos y cualquier intento de introducir la doctrina de Jesús de Nazaret sería saboteado inmediatamente. La conclusión a la que llegó el que tiempo después sería conocido como San Pablo era que había que hacer prosélitos entre los politeístas, conocidos entre los judíos como gentiles. Pablo conocía perfectamente a los fariseos, pues habían sido sus maestros desde niño, pero también conocía a los politeístas, pues había nacido entre ellos, en Tarso, ciudad helenística. Conocía, ante todo, la civilización griega, sus creencias y sus corrientes de pensamiento.
El mundo politeísta mediterráneo sufría por aquel tiempo una crisis tan formidable que había supuesto que las masas comenzasen a abandonar sus religiones tradicionales para abrazar los cultos mistéricos. Estos cultos tenían como característica principal un fuerte sincretismo en el que el componente helénico era muy importante. En Egipto, en Siria, en Anatolia, e incluso en la propia Roma, los cultos mistéricos triunfaban a mediados del Siglo I d. C.

                       Adonis muerto, mito sirio y culto mistérico.

Todos estos cultos poseían las siguientes características:

  1. Suponían una revelación para el iniciado.
  2. Permitían un contacto directo con la divinidad.
  3. Ofrecían la vida más allá de la muerte.
  4. Se practicaban a través de un ritual de significado oculto para el profano.
Pablo de Tarso entendió que el esfuerzo consistía en propagar la doctrina de Jesús de Nazaret entre estas masas penetradas muy profundamente por los cultos mistéricos. Su objetivo fue llevar a cabo esta empresa en la Península de Anatolia, donde obtuvo un gran éxito. En poco tiempo surgieron varias comunidades de prosélitos que comenzaron a ser llamados cristianos, palabra de origen griego. Otras comunidades surgieron en Chipre y Grecia Continental; en pocos años surgió una comunidad en Roma y otra en Alejandría.

                   Iconografía cristiana en una tumba romana.

La expansión del cristianismo entre los políteístas tuvo un carácter transversal desde el punto de vista social; es decir, la nueva doctrina atrajo a gentes de todas las clases sociales, aunque no se puede negar que entre las clases más desfavorecidas tuvo un gran éxito debido a los planteamientos igualitarios y al concepto de fraternidad. En este proceso hubo que hacer múltiples concesiones, pues la mente politeísta tenía unas características muy concretas y había muchas ideas y costumbres que eran difíciles de olvidar. Sobre este asunto se ha escrito mucho y recomiendo al lector que investigue si es su deseo, dada la complejidad que encierra; por mi parte solo diré que este proceso de penetración en las masas politeístas supuso una transformación de la doctrina original de Jesús de Nazaret.
Por su parte, los fariseos desde las sinagogas hicieron todo lo posible para que aquella nueva especie de judaísmo no entrase en las conciencias de los judíos de la diáspora. No cabe duda de que algunos judíos de la diáspora se unieron a los cristianos, sobre todo aquellos que estaban muy helenizados, pero también los que esperaban impacientemente la llegada de el Mesías y la consumación de los tiempos. En general, los fariseos consiguieron mantener al grueso de las comunidades bajo su control y a finales del Siglo I d. C. judaísmo y cristianismo eran ya dos versiones diferentes del monoteísmo.
Pocos años después de la muerte de Jesús de Nazaret (hacia 30 d. C.), el gobernador Poncio Pilato fue destituído (36 d. C.) por el emperador Tiberio. Los siguientes prefectos que gobernaron la provincia de Judea desempeñaron el cargo cometiendo toda clase de injusticias y pensando solo en enriquecerse. Hay que tener en cuenta que desde que Herodes Arquelao fue destronado por Augusto, Judea se convirtió en provincia romana y, por tanto, quedó sometida a tributo. Estos tributos pesaban más gravemente sobre las clases medias y bajas, provocando un malestar que iría en aumento de manera progresiva.

                                 Moneda de bronce acuñada en Jerusalén en tiempos de Poncio Pilato.

En el año 37 d. C. Calígula sucedió a Tiberio. El nuevo emperador tuvo al principio una actitud benevolente respecto a los judíos y unificó los reinos de Herodes Antípas y Herodes Filipo bajo un solo rey, Herodes Agripa; pero después, comenzaron a surgir problemas como consecuencia de la obligación del culto imperial.
En 41 d. C. Claudio asumió el imperio tras el asesinato de Calígula y entregó la provincia de Judea a Herodes Agripa hasta el año 44, en que éste último murió; después, restauró la provincia y pasaron por ella diversos gobernadores muy corruptos e incapaces.
En 54 d. C. Nerón sucedió a Claudio y la situación en Judea continuó deteriorándose, hasta que en el año 66 estalló la revuelta siendo gobernador de la provincia Gesio Floro. La rebelión fue organizada por los zelotas y demás nacionalistas que esperaban restaurar la monarquía de Judá bajo el Mesías. Dirigiéndolos iba Eleazar, jefe de la guardia del Templo. Ya con ocasión del destronamiento de Herodes Arquelao los zelotas se habían rebelado capitaneados por Judas el Galileo, que fue considerado como un Mesías fallido. La rebelión del año 66 fue mucho más importante y se aprovechó del desgobierno de la administración romana en tiempos de Nerón. Eleazar se adueñó de Jerusalén, a pesar de la oposición del sumo sacerdote Matatías, nombrado por los romanos, cosa que venían haciendo desde 6 d. C.
A Eleazar se le unió Menahem, hijo del guerrillero nacionalista Judas el Galileo, al que hemos hecho referencia anteriormente. Los insurrectos consiguieron una serie de éxitos iniciales, pero las diferencias entre ellos provocaron enfrentamientos internos. Para reducirlos acudió Gestio Galo, legado de Siria, pero Jerusalén se resistió. Entonces, Nerón retiró a Galo y a Floro y entregó el mando a Vespasiano que derrotó a los rebeldes en Galilea, tras lo cual se retiraron al Sur, a Judea.
En 68 d. C. murió Nerón y cuatro emperadores se sucedieron en un año, Galba, Otón, Vitelio y finalmente Vespasiano. Este último, para poder enfrentarse a Vitelio y quedarse solo en el poder, encargó a su hijo Tito la misión de aplastar la revuelta de los judíos.
En el año 70 d. C. Tito se puso en marcha hacia Jerusalén. En la ciudad los fanáticos zelotas dirigidos por Juan de Giscala cometieron toda clase de crímenes hasta que asumió el mando Simón Bar Giora, zelota también pero algo menos radical que el anterior. La ciudad fue sitiada hasta que Tito consiguió romper las murallas; acto seguido el Templo fue incendiado y destruído, y Juan de Giscala y Simón Bar Giora fueron apresados y llevados a Roma para participar, junto a los objetos sagrados del Templo, en el triunfo que se celebró al año siguiente.

                           Arco de Tito, Roma.

Después del desastre de Jerusalén los sublevados tenían aún en su poder algunos reductos, el Herodium, Maqueronte y Masada. Lucilio Baso, nuevo gobernador de Judea, tomó las fortalezas de Herodium y Maqueronte; su sucesor en el cargo, Flavio Silva, asedió Masada, que resistió hasta que sus defensores se suicidaron en 74 d. C.
El Templo había sido destruido; el sanedrín estaba exiliado y sin autoridad; el partido saduceo había desaparecido; y se había impuesto el pago obligatorio de una tasa especial a todos los judíos (fiscus iudaicus). Solo quedaban los fariseos controlando las sinagogas.
A pesar de todo, los zelotas no habían desaparecido absolutamente. El golpe recibido había sido terrible, pero algunos de ellos huyeron hacia el Sur. Más allá de Beerseba cruzaron el desierto del Neguev y el reino de los nabateos; continuaron más al Sur y llegaron a la tierra de Madián; desde allí se extendieron por el Hejaz. Entre los nabateos y en el Hejaz ya vivían judíos desde tiempos de los reinos helenísticos; se trataba de comerciantes en su mayoría, que hacían la ruta que iba desde Yemen hasta Petra. No obstante, los zelotas que se establecieron en el Hejaz eran de una condición diferente; buscaban un refugio alejado de Roma, donde vivir según sus ideales de independencia, de un monoteísmo teocrático y radical. Convivieron con los beduinos y acabaron adoptando muchas costumbres de los habitantes de aquella tierra desértica.
En 135 d. C. llegó otro grupo de fugitivos como consecuencia de la denominada Segunda Guerra Judaica, que acabó con la destrucción de Jerusalén hasta los cimientos. Toda Judea quedó prácticamente deshabitada, porque los que escaparon a la muerte o la esclavitud se dirigieron al destierro. Algunos de estos fugitivos fueron a reunirse con los judíos del Hejaz; por lo cual, las comunidades de aquella tierra aumentaron su población.
Por otra parte, los habitantes del Hejaz se sintieron atraídos por el judaísmo; muchos comenzaron a practicarlo, sin encontrar impedimentos de ninguna clase. No es que se hiciese proselitismo de manera organizada y consciente, es que el politeísmo en aquella tierra, al igual que ocurriese en el Mediterráneo, iba quedando obsoleto entre las conciencias y el monoteísmo, mejor equipado argumentalmente, ocupaba su espacio sin dificultades.
A comienzos del Siglo VI puede decirse que casi todo el Hejaz estaba en manos de los judíos; su ciudad principal era Yatrib, centro cultural del judaísmo en aquella zona. En aquella tierra, un tanto alejada, los judíos practicaron su culto con la mirada dirigida hacia el Norte, hacia la ciudad santa de Jerusalén. Como hemos dicho, muchos politeístas abrazaron el monoteísmo, hasta tal punto que a finales del Siglo VI la comunidad judía del Hejaz era una de las más numerosas de la diáspora.

           
  
 
 



   

miércoles, 16 de noviembre de 2016

MONOTEÍSMO. III. El reino de los cielos.

Las buenas relaciones entre los seléucidas y los sacerdotes del Templo de Jerusalén se desbarataron con la aparición de Roma en el horizonte. En el verano el 201 a. C. llegaron al Senado embajadores de Rodas y Pérgamo solicitando ayuda contra la política agresiva de Filipo V de Macedonia. El Senado se vio obligado a tomar una decisión, y lo hizo, optó por hacer la guerra. Las causas de esta decisión fueron dos:

  1. Roma temía que en el Mediterráneo Oriental surgiese una gran potencia, bien porque se coaligasen Macedonia, Siria y Egipto, bien porque uno de estos tres sometiese al resto.
  2. Roma era consciente de que el gran comercio internacional tenía sus principales rutas y sus grandes mercados en Oriente; la riqueza de aquella zona era enorme en comparación con el Mediterráneo Occidental.
En el verano del 199 a. C. los romanos hicieron la guerra a Filipo V en los Balcanes. En 198 a. C. una nueva campaña obligó a Filipo a retirarse a Tesalia. Al año siguiente, todos los aliados el rey macedonio le habían abandonado y no tuvo otra salida que enfrentarse a los romanos en las colinas de Tesalia, donde fue completamente derrotado.
Tras esta batalla el Senado se apresuró a firmar la paz con Filipo, pues la guerra con Antíoco III de Siria era inminente. En el otoño del 196 a. C. el Senado envió una embajada a Antíoco con el pretexto de las quejas de algunas ciudades de Anatolia. Las deliberaciones se interrumpieron sin otro resultado que el alejamiento de las partes; ésta fue la primera fractura seria en las relaciones entre Antíoco y Roma.
En 192 a. C. la Liga de los Etolios,deseosa e sacudirse la tutela de Roma, convenció a Antíoco para que acaudillase una gran coalición militar y se enfrentase a los romanos en Grecia. El primer choque se produjo en Tesalia, e inmediatamente Antíoco se retiró a las Termópilas; allí, en abril del 191 a. C., los romanos le derrotaron, y el rey, con los restos de su ejército, se embarcó rumbo a Efeso.

                                          Antíoco III.

Pero, cuando el Senado cogía una presa, no la soltaba fácilmente. La flota romana se acercó a las costas asiáticas y Rodas, Pérgamo y las grandes islas se pusieron de su lado. A finales del verano del 191 a. C., las flotas aliadas de Roma y Pérgamo derrotaron frente a Quíos a la flota de Antíoco. En el 190 a. C. un ejército romano  dirigido por el cónsul Lucio Cornelio y asistido por Publio Cornelio Escipión cruzó a Asia desde Tracia. Entonces, Antíoco intentó cortar el aprovisionamiento del ejército romano controlando el mar Egeo; para ello, envió una flota desde la costa Siria, pero fue derrotada por los rodios cerca de las costas de Panfilia. Otra flota de Antíoco fue igualmente derrotada poco después, y sus restos se refugiaron en el puerto de Efeso.
Antíoco reunió un gran ejército de 70.000 soldados en Asia; aún así, intentó hacer un trato con los romanos, pero estos ya solo deseaban derrotarlo totalmente. La batalla tuvo lugar a comienzos del 189 a. C. en la llanura al Este de Magnesia. Los romanos, a pesar de su inferioridad numérica, obtuvieron una victoria inaudita; Antíoco perdió más de 50.000 hombres, los romanos poco más de 300.
Después de la tremenda derrota, Antíoco aceptó todas las condiciones de los romanos; fue obligado a renunciar a todas sus posesiones europeas y del Asia Menor, a pagar 15.000 talentos en 12 años, a no tener elefantes ni tampoco más de 10 naves de guerra.
La monarquía de los seléucidas no pudo recuperarse nunca más del golpe recibido. Las finanzas quedaron gravadas por el enorme tributo y la noticia de la derrota provocó una serie de rebeliones que significaron la pérdida de las provincias orientales. El mismo Antíoco murió luchando contra los rebeldes un año después, en 187 a. C.
Subió al trono de Siria Seleuco IV Filopátor, quien agobiado por las deudas, aumentó los tributos en todo el reino. En Judea esta presión recaudatoria tuvo como consecuencia el descontento de campesinos, comerciantes y artesanos. La situación evolucionó rápidamente cuando Seleuco murió asesinado en 175 a. C. Le sucedió su hermano, Antíoco IV Epífanes, quien llevó a cabo un cambio radical en la política seguida en Judea, ya que lejos de respetar las peculiaridades de aquel país, intentó por todos los medios, incluso los violentos, someter a los judíos a los modos de vida griegos. El nuevo rey decretó la prohibición de las prácticas judaicas, la circuncisión y los sacrificios, y erigió un altar a Zeus en el Templo de Jerusalén.
En Judea se formó un partido helenizante y los judíos quedaron escindidos en posturas enfrentadas entre sí. El descontento de amplios sectores y los atrevimientos de Antíoco IV, tales como el expolio del Templo y el degüello de una multitud desprevenida, encendieron la mecha de la rebelión.
                           Monedas de Antíoco IV Epífanes.

Fue en el campo donde surgió la rebelión. Entre los judíos que profesaban un monoteísmo radical había muchos pequeños y medianos campesinos, gentes de las pequeños poblados de Judea y artesanos que vivían de su trabajo. La rebelión estalló cuando uno de estos hombres procedentes del ámbito rural, el sacerdote Matatías, fue solicitado por los funcionarios de Antíoco para que sacrificase a los dioses griegos, a lo cual se negó. Cuando uno de los judíos que allí se encontraban se ofreció a realizar el sacrificio, Matatías lo mató, y después también mató al funcionario del rey que presenciaba el rito. Matatías y sus hijos huyeron a las sierras de Judea, donde se les unieron otros muchos que sentían un fuerte rechazo hacia la monarquía seléucida.
Matatías es un modelo histórico; se trata de un hombre en el que se identifican la pertenencia un pueblo y la pertenencia a unas ideas religiosas; es decir, para Matatías ser judío era pertenecer al pueblo de Judá y profesar el judaísmo, siendo ambas cosas lo mismo. La figura de Matatías es la figura que representa el concepto de judío durante los siglos siguientes hasta hoy; la nación y la religión son una misma cosa.
Los sacerdotes de Jerusalén no vieron con demasiado entusiasmo la rebelión de Matatías, pero hubieron de aceptarla como un hecho incuestionable. Ellos eran unos privilegiados, pero Matatías había enarbolado la bandera del monoteísmo yahvista a ultranza y en cierto modo esto era obra de aquella clase sacerdotal.
El hecho fue que Matatías y sus hijos consiguieron una serie de victorias sobre el Estado seléucida que les otorgaron un gran prestigio desde el principio. Sobre todo, el tercer hijo de Matatías, llamado Judas Macabeo, destacó por sus capacidades militares. Su férrea convicción en los principios monoteístas le llevó a derrotar una vez tras otra a los oficiales de Antíoco IV; a su alrededor se organizó un partido cuyos principios eran el monoteísmo radical, la aversión al helenismo y la independencia política de Judea. Agobiado Antíoco por las indemnizaciones de guerra que debía pagar a Roma y las revueltas en todo su reino, los ejércitos seléucidas no consiguieron reprimir la rebelión y Judas consiguió crear un territorio independiente que comprendía Jerusalén y las sierras de Judea.

Desierto de Judá.

Sin embargo, en 160 a. C. Judas Macabeo murió y le sucedió al frente de la rebelión su hermano Jonatán, que carecía de las virtudes de liderazgo que poseía su antecesor. Jonatán estaba más interesado en la política que en la guerra; así pues, llegó a la convicción de que para construir un Estado judío sólido era necesario que ambos poderes, el militar y el religioso, estuviesen en las mismas manos, por lo cual se las ingenió para ser nombrado sumo sacerdote. Aquello fue un escándalo para la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, que consideraba a Jonatán un intruso.
Enemigo declarado del nuevo rey de Siria, Demetrio II Nicator y contestado entre su gente, Jonatán acabó prisionero del reino seléucida mediante engaños y fue asesinado en Ptolemaida a comienzos del 142 a. C.
Simón, otro de los hijos de Matatías asumó el liderazgo del partido de la independencia de Judea, quien dio un giro a la política de la familia entablando negociaciones con Demetrio II, arrancándole la renuncia de Siria a toda pretensión de recuperar Judea, reconociendo así una situación de hecho: la independencia.
Lo que había sido un escándalo con Jonatán, el sumo sacerdocio en manos de los hijos de Matatías, fue ahora aceptado con Simón, un poco a regañadientes. Para Simón era evidente que una Judea independiente solo podría sobrevivir con la unión del poder militar y el poder religioso. Además, el control del Templo e Jerusalén suponía la administración de unos grandes recursos, pues las donaciones de los judíos de la diáspora eran cuantiosas. Estos mismos judíos de Alejandría, Antioquía, Mesopotamia y Anatolia veían con entusiasmo cómo Jerusalén, la ciudad santa, se liberaba del poder de Siria.
La oligarquía sacerdotal de Jerusalén aceptó como sumo pontífice a Simón porque la popularidad de los hijos de Matatías entre la población era enorme; pensaron, de manera táctica, que aceptar lo inevitable era más juicioso que provocar una escisión en Judea. Por otra parte, ciertos círculos ilustrados de las clases altas eran partidarios del helenismo; vivían a la griega, hablaban en griego y eran entusiastas de los contenidos culturales helénicos.
 Simón aprovechó las debilidades de Siria para su proyecto de crear un Estado judío fuerte; combatiendo, como lo hicieran Judas y Jonatán, obtuvo el control del puerto de Jaffa, y con ello una salida al Mediterráneo para el nuevo Estado Judío y la posibilidad de participar en el comercio marítimo. El territorio que gobernaba era pequeño, pero se encontraba muy cerca de las grandes rutas comerciales que conectaban el Índico con el Mediterráneo y África con Asia y Europa.
En aquel Estado judío se escribían las siguientes palabras en los documentos y en los contratos:
"El año ... de Simón, sumo pontífice, general y caudillo de los judíos."
Es decir, Simón era un sacerdote que gobernaba un Estado, pero además era un jefe militar. La Judea independiente de aquella época era un Estado teocrático, cuyas leyes eran los textos sagrados y la costumbre. Por supuesto que Simón basaba su poder sobre todo en el partido que organizaran años atrás su padre y sus hermanos, principalmente Judas Macabeo; por esta razón a los descendientes de Matatías que mantuvieron el poder durante setenta años se les conoció como macabeos, aunque también como asmoneos, por ser descendientes de un tal Hasmon.
A pesar de tratarse de un Estado pequeño, en la Judea de Simón no faltaron las intrigas; su yerno Ptolomeo, gobernador militar de Jericó recibió a Simón y dos de sus hijos en una fortaleza que él mismo había construido; allí los asesinó a traición. Sin embargo, Juan Hircano, el más joven de los hijos de Simón, tras escapar de los sicarios de Ptolomeo, reunió un ejército y se dirigió a la fortaleza en la que murieron su padre y sus hermanos y sitió al traidor. Aunque Juan Hircano demostró grandes aptitudes de liderazgo, Ptolomeo consiguió escapar y Antíoco VII Sidetes, rey de Siria, aprovechó la ocasión para dirigirse a Jerusalén y asediarla. Juan Hircano consiguió que los sirios abandonaran el asedio a cambio de 500 talentos de plata y la entrega de rehenes.


 Moneda de Juan Hircano.

A pesar de todos los contratiempos, Juan Hircano consiguió ser nombrado sumo sacerdote. El partido de los macabeos era aún muy fuerte y los miembros del Sanedrín no pudieron impedirlo, aunque muchos de ellos estaban en contra. En tiempos de Juan Hircano se habían consolidado tres partidos que correspondían con tres ideas políticas diferentes y con tres interpretaciones diferentes del judaísmo.
El partido más antiguo era el de los saduceos. Eran la clase sacerdotal de Jerusalén y proveían los componentes del Sanedrín; tradicionalmente, el sumo sacerdote debía ser escogido entre los miembros de una familia perteneciente a esta clase privilegiada, la de los descendientes de Sadoq. Su origen estaba en el regreso de los deportados a Babilonia y en la organización del judaísmo que hicieron Nehemías y Esdras en aquel tiempo. Habían abandonado absolutamente los vínculos del monoteísmo con la casa de David; eran partidarios de la teocracia más pura y aceptaban, con ciertos requisitos de carácter religioso, la dominación seléucida.
El partido más poderoso en tiempos de Juan Hircano era el de los macabeos. Su origen se encuentra en la rebelión de Matatías y sus hijos, y de todos los que se reunieron en torno a esta familia. La mayor parte de los integrantes de esta facción eran pequeños propietarios, artesanos y asalariados, aunque el partido fue evolucionando hacia una mayor transversalidad conforme se obtuvieron resonantes victorias. Eran partidarios de la teocracia, pero pensaban que la única manera de establecerla era con una organización política y militar fuerte. Su principal objetivo era crear un Estado judío independiente y poderoso.
El partido más moderno, el de los fariseos, en realidad hundía sus raíces en tiempos muy anteriores. Su origen estaba en el judaísmo de sinagoga propio de los deportados a Babilonia y de la diáspora. Al contrario que los anteriores, despreciaban la actividad política e insistían en que lo único imprescindible era conocer a fondo las sagradas escrituras y cumplir con la ley deuteronomista literalmente, llegando a un escrúpulo extremo en este aspecto. Tomaron conciencia de grupo social en tiempos de Juan Hircano y se opusieron a los macabeos con gran obstinación. Creían fielmente que el comportamiento de los hijos de Matatías era contrario a la ley de Moisés. Sus componentes provenían en su mayoría de las clases medias, con una alta formación y conocimientos de la Ley.
Por aquellos años el reino seléucida era un Estado en descomposición; por el Este y por el Oeste sufría la presión de partos y romanos respectivamente. Los territorios que antiguamente se denominaban Canaán se irían desvinculando de Siria progresivamente y pasarían a formar parte de Judea independiente. En este aspecto, Juan Hircano, una vez consolidada su situación, aprovecho la debilidad del rey seléucida para añexionarse Samaria, Idumea y parte de Galilea; con ello la propaganda monoteísta podía celebrar la restitución de laq mayor parte de los territorios que el dios YHWH entregó a Israel en la alianza que estableció con Abraham.


A pesar del éxito de los macabeos, el proceso de helenización de Judea fue imparable; el mismo Juan Hircano hubo de ceder en muchos aspectos ante una civilización como la griega, que era símbolo de progreso, alta cultura y desarrollo político, económico, científico y comercial. Esta fue una de las razones por las que los fariseos acabaron enfrentados al sumo sacerdote.
En 104 a. C. murió Juan Hircano y su hijo Judas Aristóbulo se apresuró a ser nombrado sumo sacerdote. El partido macabeo era aún tan fuerte y el prestigio de la familia tan grande que Aristóbulo no encontró dificultades para conseguir el sumo sacerdocio. No obstante, su audacia le llevó más allá y se atrevió a ceñir la diadema, símbolo de la realeza. El caso es que Aristóbulo murió al año siguiente y su hermano Janeo Alejandro, tras casarse con su viuda, se coronó se coronó rey de Judea.
Janeo Alejandro se comportó desde un principio como un monarca helenístico cualquiera. Gran admirador de la civilización griega, mantuvo el cargo de sumo sacerdote del templo de Jerusalén por simple interés político, provocando con ello la furia de los monoteístas radicales. Sobre todo los fariseos lo consideraban falto de legitimidad y una ofensa a YHWH. Tampoco los saduceos estaban satisfechos con la nueva monarquía, pero preferían llegar a acuerdos con Janeo Alejandro mientras el partido macabeo se mantuviese fuerte.
Para amortiguar los problemas internos, Janeo Alejandro practicó una agresiva política de conquistas territoriales. Aprovechando la extrema debilidad de los seléucidas, el rey de Judea se anexionó toda la transjordania, la franja costera hasta la altura de Séforis y la costa de Gaza y Rafah. Además se anexionó el país de Moab, donde entró en conflicto con los árabes nabateos, que controlaban las rutas del desierto y del Mar Rojo.
Tras una vida de guerras y conquistas, Janeo Alejandro dejó un Estado en el que los monoteístas se encontraban divididos entre los que veían bien la unión de los poderes político y religioso, y los que deseaban que el culto a YHWH estuviese aislado del ámbito político.
Lo cierto es que el partido macabeo, aunque debilitado ideológicamente, había conseguido establecer unas amplias clientelas que sostenían en el poder a los descendientes de Matatías. La viuda de Janeo, Salomé Alejandra, comprendiendo que amplios sectores de la población no aceptaban la unión del sumo sacerdocio y la corona, decidió separar ambos poderes, quedando ella como reina de Judea y entregando el cargo de sumo sacerdote a su hijo Hircano II. Pero cuando murió en 67 a. C., la guerra civil estalló con gran violencia. El partido macabeo no aceptaba a Hircano II y prefería a un hermano de este, Aristóbulo II.



Aristóbulo II era un hombre ambicioso que reunió en torno a sí a todo el partido de su familia. Por el contrario, Hircano II quedó en manos de saduceos y fariseos, que a su vez se encontraban enfrentados entre sí. Ambos hermanos combatieron junto a los muros de Jericó, tras lo cual, Hircano II, derrotado, entregó el sumo sacerdocio a  Aristóbulo; nuevamente la corona y el Templo estaban en manos de una sola persona.
Sin embargo, el poder del monarca estaba quebrado en Judea; el gobernador de Idumea, Antípatro, ofreció a Hircano establecer una alianza con Aretas, rey de los árabes nabateos. Aretas era un hombre muy poderoso; el reino de los nabateos se había convertido en uno de los más ricos de la región gracias al comercio caravanero y el ejército que podían armar los árabes era en aquel momento muy superior al que conseguiría reunir Aristóbulo. En 65 a. C. Aretas e Hircano invadieron Judea y sitiaron a Aristóbulo en Jerusalén.
No obstante, ambos hermanos tenían el destino en contra; Marco Emilio Escauro, legado de Pompeyo, se acercó a Jerusalén con la intención de mediar en el asunto y sacar el mayor provecho posible. Pompeyo había obtenido en 67 a. C. plenos poderes para todo el territorio de la costa de Asia Menor con la misión específica de terminar con la plaga de piratas que asolaba la región. Pompeyo cumplió impecablemente con la tarea encomendada, y además comprendió que la única forma de estabilizar la zona era acabar con los reinos helenísticos que aún sobrevivían, el de el Ponto y el de Siria. En el año 66 a. C. venció al rey Mitrídates del Ponto y consiguió que Tigranes de Armenia se sometiese a Roma; en 64 a. C. depuso a Antíoco XIII seléucida y convirtió a Siria en provincia romana.
Escauro entendió que lo más urgente era expulsar a Aretas de Judea. El rey nabateo se retiró con su impresionante ejército y Aristóbulo e Hircano trataron de ganar la confianza del legado romano. En la primavera del 63 a. C. los dos hermanos fueron a entrevistarse con Pompeyo en Damasco; ambos llevaban ricos regalos para el romano. Pompeyo no se fiaba de Aristóbulo y observó en él una conducta sospechosa cuando dirigió sus legiones contra el rey Aretas; por esta causa lo hizo apresar a la entrada de Jerusalén. En la ciudad se apresuraron a abrir las puertas a los romanos, pero los seguidores del partido macabeo se refugiaron en el Templo y las fortificaciones de los alrededores. Sin pensarlo un instante, Pompeyo asaltó el monte del Templo y tras acabar con los atrincherados entró en el Sancta Sanctorum; después, procedió sin piedad contra el partido macabeo y los seguidores de Aristóbulo; mandó decapitar a todos los cabecillas; en total el partido macabeo perdió más de 12.000 hombres en estos sucesos de Jerusalén.
Seguidamente, Pompeyo dictó sentencia: declaró tributario a todo el país y lo puso bajo el protectorado de Roma. Solo le quedó su autonomía interna. Hircano II fue confirmado en su dignidad de sumo sacerdote, pero tuvo que renunciar al título de rey.
La restauración de la monarquía de Judá había fracasado, aunque había tenido sus momentos de esplendor en tiempos de Juan Hircano y Janeo Alejandro. El partido macabeo estaba roto y sin líderes capaces de reorganizarlo. La alta clase sacerdotal, controladora del Sanedrín, no veía la situación de manera desesperada; más bien al contrario, pues siempre habían visto a los asmoneos descendientes de Matatías como unos advenedizos carentes de legitimidad; al fin y al cabo, los sacerdotes del Templo hacía mucho que se habían olvidado de los descendientes de David y preferían una dominación extranjera que les permitiese mantener el poder y las riendas del culto monoteísta. Por su parte, los fariseos rechazaban la monarquía abiertamente; para ellos lo verdaderamente importante era el judaísmo de sinagoga, que triunfaba sin competencia entre las comunidades de la diáspora.
Es cierto que el partido macabeo estaba acabado, pero no lo estaban sus pilares ideológicos que consistían en un Estado independiente gobernado por un rey sacerdote. Como veremos en el siguiente capítulo, estas ideas evolucionaron rápidamente en Judea y propulsaron una serie de movimientos político religiosos que se extendieron entre las comunidades de la diáspora, dando lugar a una nueva etapa del monoteísmo.


sábado, 1 de octubre de 2016

MONOTEÍSMO. II. Diáspora.

En la entrada anterior de esta serie, dedicada al monoteísmo y su evolución en la civilización occidental, explicamos cómo la muerte del rey Josías de Judá dejó estupefactos a los sacerdotes y oficiales de palacio partidarios del culto exclusivo al dios YHWH. Para ellos era inconcebible que el ungido, el elegido por YHWH, el mesías, muriese asesinado de una forma tan vacía, tan imprevista como gratuita.
El faraón Necó II, quien había ordenado la muerte de Josías, consideraba el reino de Judá como un vasallo poco fiable; por esta razón, se llevó deportado a Egipto al hijo y heredero del rey muerto, Joacaz, quizá por no inspirarle confianza su persona, y dejó sentado en el trono de Jerusalén a Joaquín, el otro hijo de Josías, en 608 a. C.

                                                     El faraón Necó II.

La muerte de Josías y el sometimiento a Necó tuvieron como primera consecuencia que los partidarios del monoteísmo de YHWH quedaran relegados a un segundo plano y apartados de las grandes decisiones del reino. Los cultos a los dioses cananeos regresaron a Jerusalén e YHWH quedó como un dios más de un extenso panteón.
Cuando Joaquín apenas llevaba sentado en el trono tres años, la situación internacional cambió de nuevo; el rey Nabucodonosor de Babilonia se dirigió a Canaán y venció a Necó en Karkemish en 605 a. C. Entonces, Joaquín se sometió a Nabucodonosor, al igual que hicieron la mayoría de los reyes de Canaán.
Por aquel tiempo, uno de los más ardientes defensores del partido monoteísta era Jeremías, quien decía tener visiones proféticas sobre el destino del reino de Judá. Jeremías clamaba contra la infidelidad judaíta y contra la idolatría con una convicción tan fuerte que lo convirtió en uno de los líderes del grupo de sacerdotes y escribas que habían redactado el Pentateuco años antes y eran fervientes partidarios de la aplicación estricta del Deuteronomio.

                           Jeremías, según Miguel Ángel Buonarroti.

Pero las cosas se complicaron aún más en Canaán, porque las ciudades costeras que controlaban la ruta comercial que enlazaba el Mar Rojo y Egipto con el Eufrates y Anatolia formaron una coalición para sacudirse el yugo de Nabucodonosor, y una vez más, como ocurriera en tiempos de Ezequías, Judá participó en esta alianza. La respuesta de Nabucodonosor no se hizo esperar y comenzó a hostigar al reino de Judá; sin embargo, en 598 a. C. Joaquín murió y subió al trono su hijo Jeconías, cuyo reinado fue muy breve, pues tan solo duró tres meses. Nabucodonosor se había presentado ante los muros de Jerusalén y había puesto sitio a la ciudad; entonces, Jeconías se rindió en 597 a. C., y el rey babilonio ordenó que el rey de Judá junto a su familia, los funcionarios de palacio, los sacerdotes del templo y otras personas de importancia fuesen llevados cautivos a Babilonia; en total fueron deportadas unas 10.000 personas; buena parte del núcleo de monoteístas se encontraba entre ellas.

   Puerta de Ishtar, Babilonia.

Nabucodonosor se llevó todos los tesoros del templo y del palacio y sentó en el trono de Judá a Sedecías, otro hijo de Josías.
Aunque parezca increíble, Sedecías volvió a hacer lo mismo que sus antecesores; pactó con Apries, faraón de Egipto y se rebeló contra Nabucodonosor, lo que provocó que el rey babilonio pusiese cerco de nuevo a Jerusalén. Era el año 587 a. C. y la ciudad se encontraba azotada por el hambre; el rey, sus hijos y otros guerreros intentaron huir, pero fueron apresados por los babilonios y duramente castigados; acto seguido, los soldados de Nabucodonosor entraron en Jerusalén, destruyeron la ciudadela, el palacio y el templo y se llevaron cautivos a la mayor parte de los habitantes que quedaban con vida; solo dejaron a los agricultores, pastores y otras personas humildes. Un grupo numeroso de judaítas consiguió huir y pasar a Egipto, donde fueron acogidos y asentados en la isla de elefantina, cerca de la primera catarata.
Nabucodonosor no mostró una gran crueldad; no dispersó a los judaías deportados, los trató bien, sobre todo al rey Jeconías y su familia; y en general puede decirse que en los casi cincuenta años que duró el destierro, los cautivos prosperaron, algunos incluso se enriquecieron. Desde un principio, el único elemento aglutinador, el único asidero firme, el único recipiente donde conservar la tradición fue el monoteísmo de YHWH. No solo porque entre sus partidarios se encontrasen los hombres más ilustrados y cultos del destierro, sino porque era la única ideología con la energía y radicalidad suficientes para mantener unidas a miles de personas rodeadas de extraños en una tierra desconocida.
El grupo de los monoteístas fue el único capaz de organizarse en el destierro y desplegó una fuerza y una capacidad de trabajo asombrosas. La labor más importante fue terminar la redacción del Pentateuco y traducirlo al arameo, lengua internacional de la región en aquel tiempo. También se recopilaron crónicas, libros sapienciales e himnos; puede decirse que la mayor parte de lo que hoy conocemos como Antiguo Testamento se redactó definitivamente durante el destierro de Babilonia. Entre los líderes del pensamiento monoteísta destacaba Ezequiel, sacerdote de YHWH y profeta, que había sido desterrado junto al rey Jeconías. Ezequiel dejó escritas las siguientes palabras:
"Y os daré un corazón nuevo, y un espíritu renovado infundiré en vuestro interior..."
Ezequiel (36,26) 
Al principio los partidarios del culto exclusivo a YHWH se reunían en sus casas para orar y comentar los textos sagrados, pero bien pronto procuraron edificios donde practicar estas actividades y adoctrinar a los desterrados; de esta forma surgieron las primeras sinagogas. La eficacia de estos centros de reunión se mostró muy grande, pues gracias a ellos la ideología monoteísta penetró en las mentes y quedó afirmada. Uno de los grandes éxitos del adoctrinamiento fue conseguir que los desterrados no se mezclasen con el resto de la población babilónica. Esto se consiguió fácilmente consolidando unas costumbres absolutamente diferentes a las de la población local y que suponían una serie de prohibiciones incompatibles con la vida cotidiana del entorno.
Uno de los asuntos más importantes que tuvieron que resolver aquellos círculos monoteístas fue el de dar una explicación al fracaso y muerte del rey Josías, señalado en los textos como mesías. La solución fue simplemente olvidarse poco a poco del malogrado monarca y dejar el concepto del mesías en un segundo plano; es decir, el pueblo de Judá no dependía necesariamente de un mesías, para conseguir la protección y el favor de YHWH bastaba con cumplir la ley deuteronomista y respetar la alianza que supuestamente hicieron los antiguos patriarcas. La primera consecuencia de esta decisión fue la desvinculación de la casa de David con el culto a YHWH. A partir de este momento, el guía espiritual de Judá era el sumo sacerdote del templo de YHWH en Jerusalén, único templo verdadero y posible para los monoteístas. El mismo comportamiento de Jeconías y sus hijos contribuyó a que esta desvinculación se consolidase, pues poco a poco, gracias a un cercano trato con Nabucodonosor, se convirtieron en cortesanos del palacio del rey babilonio.

                             Tablas de la ley.

De lo que no cabe duda es de que la casa de David quedó apartada de la labor de los monoteístas; las relaciones de esta familia real con el palacio babilónico fueron tan excelentes que Evil-Merodac, sucesor de Nabucodonosor, liberó a Jeconías del cautiverio y le dispuso un sitial junto a él.
Un caso muy diferente fue el de la comunidad de judaítas asentados en la isla de Elefantina en el Alto Egipto. En contra de la voluntad de los monoteístas radicales, erigieron un templo a Yahú, es decir YHWH, donde también se rendía culto a la diosa Anath, reina de los cielos. Aquellos judaítas de Elefantina, aunque eran politeístas, mantuvieron durante mucho tiempo relaciones con Jerusalén, pero sufrieron el rechazo de los monoteístas, que los consideraban impuros. La colonia perduró hasta el período de dominación persa, para después ir diluyéndose entre la población egipcia.
Como hemos dicho, los círculos vinculados con la casa de David mantuvieron una estrecha relación con la corte palatina babilónica desde tiempos de Evil-Merodac; por esta causa se percataron de que el Estado babilonio había entrado en una fase de rápida descomposición. En 559 a. C., Ciro sucedía a su padre como rey de los persas. Este pueblo de lengua indoeuropea se había establecido en el Suroeste de la meseta del Irán poco tiempo antes. En 550 a. C., Ciro se coronó rey de los medos, otro pueblo de lengua indoeuropea, y en 539 a. C. conquistó Babilonia. Ciro era, sobre todo, un hombre inteligente, y comprendió desde un principio que la mano dura y la represión solo provocaban rebeliones; por tanto, su política se basó en el respeto de las costumbres, las leyes y los cultos de los territorios conquistados. En esta línea, una de las primeras decisiones que tomó tras la conquista de Babilonia fue permitir a los desterrados de Judá que volviesen a Canaán.

                          Estandarte del rey Ciro.

Sin embargo, esta decisión de Ciro no fue acogida con demasiado entusiasmo por los afectados. Es lógico, pues muchos de ellos habían nacido en Mesopotamia y tenían importantes intereses en aquella tierra.
Para agilizar el proceso, Ciro ordenó a lo que quedaba de la casa de David que condujese a los desterrados de vuelta a Judá y reconstruyesen el templo de YHWH. Dos príncipes de la casa de David se hicieron cargo de la tarea, Sesbasar y Zorobabel. El hecho de que solo una parte de los deportados regresasen con los príncipes de la casa de Judá, pone de relieve que muchos eran reacios a volver, y que la unidad no existía.
La reconstrucción del templo no fue un asunto fácil, sobre todo porque los habitantes del desaparecido reino de Israel, conocidos como samaritanos, no aceptaban que el único templo donde se rindiese culto a YHWH fuese el de Jerusalén; como consecuencia, se produjo una ruptura entre ambas comunidades y los samaritanos establecieron su propio santuario en el monte Garizim.

                     Monte Garizim, junto a la antigua ciudad de Siquem.


A pesar de las dificultades, el templo de Jerusalén quedó reconstruído en 515 a. C. Es evidente que en Canaán el monoteísmo radical no tenía nada más que una aceptación limitada entre la población, pues los cultos cananeos continuaban muy arraigados entre la gente del campo. La misma ciudad de Jerusalén no se encontraba en buenas condiciones; las murallas estaban en ruinas y la actividad urbana era escasa. Una parte importante de los deportados en Mesopotamia se negaron a regresar a Judá, porque tenían prosperos negocios en el destierro, o porque estaban al servicio del rey de Persia. Así, en Mesopotamia y Anatolia surgieron prósperas comunidades judaítas que mantenían un estrecho contacto con el templo de Jerusalén. En estas comunidades, desde un principio, el monopolio ideológico estuvo en manos del partido monoteísta; para mantener este control, las sinagogas fueron un instrumento fundamental. Un caso representativo de estos judaítas de la diáspora fue el de Nehemías, oficial palatino al servicio del rey persa Artajerjes I. Estando Nehemías en la corte de Susa, recibió noticias de que Jerusalén se encontraba en un estado ruinoso y que el gobierno de la provincia de Judá estaba en lamentable abandono. Nehemías informó a Artajerjes de estos hechos y el rey le nombró gobernador de Judá y le envió allí con la misión de reorganizar aquel territorio. Nehemías organizó la administración de Judá sin olvidar que él era un funcionario del rey de Persia. Tras cumplir con su labor, volvió junto al rey y regresó a Jerusalén en 433 a. C. Parece evidente que la casa de David a mediados del Siglo V a. C. había quedado apartada del gobierno de Judá y el vínculo con el templo de Jerusalén se había olvidado.
Otro personaje del destierro es Esdras, sacerdote y monoteísta convencido que en tiempos de Nehemías o en años inmediatamente posteriores organiza el regreso a Judá de un grupo de judaítas del destierro.Su sorpresa es enorme cuando al llegar a Jerusalén comprueba que la ley deuteronomista no se cumple y los cultos cananeos proliferan por doquier. Esdras, ardiente partidario del culto exclusivo a YHWH, toma la bandera de la lucha contra los cultos politeístas y del reconocimiento del templo de Jerusalén como único templo legítimo. Su estrategia, aparte del adoctrinamiento insistente, se basa en la prohibición absoluta de los matrimonios entre judaítas y otros grupos cananeos que practiquen el politeísmo o cualquier otro que no sea exclusivo a YHWH.
Esdras llevó a cabo una gigantesca labor para fortalecer el monoteísmo en Canaán y definió una doctrina y un culto que hoy conocemos como judaísmo. Aunque el paso de los siglos influyó en la religión judía, los elementos básicos quedaron fijados en tiempos de Esdras; los cambios posteriores fueron totalmente superficiales.

                                Candelabro de siete brazos.

Cuando el culto exclusivo a YHWH parecía haber arraigado con firmeza, los acontecimientos internacionales iban a introducir una serie de cambios que afectarían de lleno a Jerusalén y su templo. Alejandro de Macedonia venció a Darío III, rey de Persia en varias batallas entre 334 y 331 a. C. En menos de cinco años el rey macedonio se adueñó el inmenso Imperio Persa, Judá pasó a formar parte del Imperio Macedonio. Pero los acontecimientos parecían haber tomado una velocidad inusual; en 323 a. C. Alejandro murió y sus generales se repartieron el imperio de forma no siempre amistosa. Con Egipto y Canaán se quedó Ptolomeo, cuyos descendientes reinaron en el país del Nilo hasta tiempos de Cleopatra, última de la dinastía.
Alejandro de Macedonia fundó muchas ciudades con el nombre de Alejandría, pero la mayor de todas ellas fue Alejandría de Egipto. Situada en la desembocadura del Nilo, pronto se convirtió en el puerto más importante del Mediterráneo y la ciudad más populosa conocida. La población más numerosa de Alejandría estaba compuesta por griegos, dedicados a la manufactura, el comercio y las finanzas. Sin embargo, desde el comienzo se estableció en Alejandría una numerosa colonia judía. Como Canaán pertenecía al reino de los Ptolomeos, los judíos afluyeron a Alejandría como soldados, comerciantes, artesanos, escribas y banqueros. Alejandro había otorgado a los judíos los mismos derechos que a los griegos, y los Ptolomeos no cambiaron esta situación; gracias a esto, los asuntos de la colonia judía fueron a mejor y su número creció, convirtiendose en la segunda, tras la griega. En Judá, ahora llamada Judea, la libertad religiosa y las costumbres fueron respetadas y se gozó de una cierta autonomía.


La población de Alejandría debía sobrepasar los 600.000 habitantes; entre ellos, más de 300.000 eran personas libres. Los greco-macedonios llegaron a Egipto  como conquistadores y guerreros, se quedaron formando una minoría dominante y vivieron concentrados en Alejandría. Los griegos preservaron en todo momento su identidad lingüística y cultural, su cohesión de aristocracia colonizadora y refinada, su modo de vida tenido por superior. Los egipcios nativos siguieron atados a la tierra y a sus tradiciones ancestrales. El centro de irradiación de la cultura helena fue el gimnasio, lugar para la formación física y humanística, biblioteca y club social. El griego común de base ática se convirtió en la lengua internacional en todo el Próximo Oriente, en la lengua de la corte, de la alta sociedad, de la administración, del ejército y del gran comercio internacional.
La colonia judía de Alejandría hablaba griego en público y en privado. Muy pronto se tradujeron los textos sagrados a esta lengua; algunos, incluso, se escribieron ya directamente en griego. Los judíos alejandrinos adoptaron algunas costumbres griegas y se interesaron por la filosofía y el pensamiento heleno. La cultura helenística en Alejandría ejercía una poderosa atracción para todo aquel que entraba en contacto con ella; la ciudad brillaba de manera deslumbrante en todo Oriente. Ptolomeo I fundó el Museo, un centro de enseñanza e investigación bajo el patronazgo de la monarquía, al que pronto quedó unida la famosa Biblioteca, gigantesco depósito de obras y ediciones de todos los autores y todas las épocas, llegando a reunir hasta 500.000 rollos de papiro.
En tal ambiente, se produjo un proceso de sincretismo religioso entre las distintas creencias que confluyeron en Alejandría. Este fenómeno se dio en todo el Próximo Oriente en esta época, pero su intensidad fue mayor en la gran ciudad de Egipto. Por supuesto que los judíos no quedaron libres de esta influencia, y esto no agradó a los sacerdotes del Templo de Jerusalén, partidarios de un monoteísmo yahvista exclusivo.
La preocupación principal de los monoteísta de Jerusalén era que los judíos de la diáspora se contaminasen con ideas y creencias que procediesen del ámbito ajeno a la ley deuteronomista. Para evitar esta contaminación contaban con una serie de instrumentos que podemos resumir así:

  1. Prohibición de los matrimonios con los no judíos. Esta medida fue una de las favoritas de Esdras, cuando al llegar a Canaán desde Babilonia, observó que los matrimonios mixtos introducían cultos ajenos al de YHWH.
  2. Prohibición de ciertos alimentos que impedían la convivencia y la relación social con los practicantes de otros cultos. Algunas de estas prohibiciones eran muy antiguas, anteriores al monoteísmo judaico, pero fueron reutilizadas con gran habilidad.
  3. Prohibición de representar imágenes del único dios, YHWH. Esta prohibición se basaba en antiguas creencias mágicas, según las cuales quién posee la imagen posee el espíritu. Pero, llevada esta creencia al plano de la religión, conducía a un rechazo radical de la idolatría, practicada en aquel tiempo en todas las culturas. Hay que decir que esta prohibición no se basaba en la idea de un dios abstracto, como se ha dicho a menudo; en el Génesis hay abundantes pasajes donde YHWH posee características antropomorfas; siente compasión, ira, deseos etc.
  4. Institución de fiestas y costumbres estrictamente ligadas a una hipotética historia de un hipotético pueblo de Israel. Dichas costumbres, a veces incomprensibles para los gentiles, abrían una brecha entre estos y los judíos. Quizás la más eficaz de estas costumbres fue la de la circuncisión, que era vista por los griegos como algo abominable.
  5. Absoluta prohibición de ofrecer sacrificios en cualquier lugar que no fuese el Templo de Jerusalén.
  6. Institución de la sinagoga, lugar de adoctrinamiento y control de las comunidades de la diáspora.
  7. Creación de unos comisarios religiosos encargados de recabar información y dar instrucciones a las comunidades de la diáspora. Estos comisarios eran nombrados por el sanedrín, consejo de 71 miembros compuesto por el sumo sacerdote, el resto de los sacerdotes del Templo, los escribas y algunos hombres considerados doctos en la ley.
A pesar de los esfuerzos de los sacerdotes de Jerusalen, los judíos de la diáspora de Alejandría se sintieron atraídos por la influencia de las civilizaciones griega y egipcia.
El caso es que los griegos también quedaron deslumbrados con la milenaria cultura egipcia. Aunque se consideraban los conquistadores de Egipto, no pudieron evitar sentir una admiración creciente por la civilización egipcia. Desde el obrero del puerto de Eunostos hasta el rey, todos los griegos y macedonios de Alejandría se interesaron por las creencias y ritos egipcios. El primero que mostró interés fue el rey Ptolomeo I Sóter, antiguo general de Alejandro Magno, que obtuvo el reino de Egipto tras la muerte de éste. El rey Ptolomeo se percató de la necesidad de integrar a griegos y egipcios, para lo cual construyó en Alejandría el Serapeo, templo consagrado al dios Serapis. Este dios es un el ejemplo de sincretismo por antonomasia. Originalmente fue una fusión entre dos grandes deidades de Egipto, el buey Apis y Osiris; después, Ptolomeo lo identificó con Hades, dios griego de los muertos, pero también dios de la regeneración.

                                       Serapis.

La pareja Isis-Osiris fue el núcleo del sincretismo heleno-egipcio. En Alejandría la diosa tenía un templo en la isla de Faros y el culto a esta pareja divina fue muy popular. En general, el sincretismo religioso en Egipto y otros reinos helenísticos tuvo como vehículo a los cultos mistéricos. Estos cultos, sincréticos por definición, establecían una relación personal y directa entre el iniciado y la divinidad. Gracias a esta relación, el creyente llegaba a la comprensión del misterio que explicaba que tras la muerte continuaba la vida en un plano más elevado. Estos cultos mistéricos penetraron profundamente en las conciencias de todas las clases sociales, y se expandieron por todo el Mediterráneo a partir de finales del Siglo II a. C.
La amalgama de creencias e ideas que tuvo lugar en Alejandría fue espectacular. Las mezclas fueron diversas y se dirigieron en muchos sentidos. El resultado fue una reelaboración de las ideas y los cultos de todo el Mediterráneo. Como hemos dicho anteriormente, la comunidad judía estuvo en contacto y participó de este crisol cultural, para desesperación de los monoteístas radicales. La creciente prosperidad de la comunidad judía, que en un comienzo facilitó la integración y la apertura al sincretismo religioso, más tarde, para bien de los monoteístas, tuvo el efecto contrario. Los griegos empezaron a considerar a los judíos como unos competidores en los negocios y a sentir un rechazo hacia ellos. De esta manera, en el Siglo III aparecen los primeros escritos antisemitas de la Historia en la ciudad de Alejandría. Estos escritos tendrán después una influencia decisiva en la interpretación que harán los romanos del fenómeno del judaísmo y del pueblo judío.

                                        Isis con el niño dios Horus.


En judea la situación en los siglos IV y III a. C., bajo el dominio de los Lágidas, tenía muchas semejanzas con la época de los dominios Asirio y Babilonio. MONOTEÍSMO. I. El palacio y el templo. El territorio de Judá hacía de zona fronteriza entre dos grandes potencias; en este caso, Egipto y Siria. Cuatro guerras hubo entre Lágidas y Seléucidas, en las que Jerusalén y todo el antiguo territorio de Canaán sufrieron las consecuencias del enfrentamiento entre ambos reinos. El malestar de la población era grande, y aumentó cuando también aumentaron los tributos que exigía Egipto. Esto, como ocurriera siglos atrás hizo pensar a los sacerdotes del templo que era posible desembarazarse del dominio egipcio y obtener mejores condiciones con un acercamiento a Siria. Con motivo de la tercera guerra siria, el sumo sacerdote Onías II se negó a pagar el tributo a Ptolomeo III.
A la muerte de Ptolomeo IV Filopator, en 204 a. C., subió al trono real egipcio un hijo de muy corta edad, Ptolomeo V Epífanes, quien era incapaz de hacer frente a la guerra con Siria. El rey Antíoco III de Siria conquistó Judea en 201 a. C. y en 198 a. C. arrebató a los lágidas de Egipto todas sus posesiones en Asia. Flavio Josefo en sus Antigüedades Judías describe así los primeros momentos de la dominación de los seléucidas:
"...trataron a los judíos con gran deferencia por las pruebas de fidelidad que le dieron en la guerra y por el valor que demostraron".

Durante el período seléucida los judíos emigraron a la capital del reino de Siria, Antioquía, una de las más grandes del Mediterráneo Oriental. Allí entraron en contacto con una sociedad altamente helenizada y con todo tipo de sincretismos sirio-helenos. También en Antioquía, como en Alejandría, el vehículo principal de la mezcla de creencias fueron los cultos mistéricos. Las colonias judías se extendieron por toda Siria, y de ahí muchos se establecieron en Anatolia y la propia Grecia. A mediados de Siglo II a. C. la diáspora judía abarcaba gran parte del Mediterráneo Oriental, Mesopotamia y Media. En las sinagogas se educaba en las creencias monoteístas, y a pesar de la influencia arrolladora de la civilización helénica, el culto exclusivo a YHWH parecía estar más fuerte que nunca. Sin embargo, acontecimientos nuevos harían remover las aguas de Oriente, y el monoteísmo yahvista se vería obligado a enfrentar nuevos retos.
 

sábado, 3 de septiembre de 2016

MONOTEÍSMO. I. El palacio y el templo.

A finales del Siglo VIII a. C. la región de Próximo Oriente había alcanzado una cierta estabilidad tras una larga época de cambios a menudo violentos. Una gran potencia se había elevado por encima de sus posibles competidores, utilizando en el camino hacia la hegemonía una mano dura que sembraba el miedo por doquier; esta gran potencia era Asiria. El Estado asirio había crecido rodeado de enemigos, y la consecuencia que había extraído de aquella historia violenta era que solamente una política agresiva y una terrible crueldad podían asegurar su supervivencia. Por tanto, la expansión territorial a través de la guerra era imprescindible. Se puede decir que los asirios no concebían para sí mismos otro papel en Próximo Oriente que el de amos de la escena internacional.
Tras una larga alternancia de etapas de apogeo y decadencia, los asirios se habían consolidado como la primera potencia militar del Próximo Oriente, sin rivales en el uso de la fuerza. Esto se debió, en buena parte, a la labor del rey Tiglath-Pileser III (745-727), que sometió a los pueblos que habitaban el Zagros y las montañas de Anatolia, que conquistó Babilonia y anexionó a los Estados luvitas y arameos del Norte de Siria.

Tiglath-Pileser III.



 Para los asirios la región de Siria y Canaán tenía una gran importancia de carácter económico, pues se trataba de un territorio donde convergían diversas rutas comerciales que ponían en contacto a Egipto, el Mediterráneo, el Mar Rojo, el Golfo Pérsico y Anatolia. Toda la región se hallaba dividida en pequeños reinos, cuyos grupos de dirigentes aprovechaban la excelente situación estratégica para amasar grandes riquezas provenientes del tráfico de larga distancia. Entre estos pequeños Estados destacan las ciudades estado de la costa del mediterráneo y la ciudad de Damasco, el más poderoso reino arameo, lugar de paso de las caravanas que comunicaban el desierto con la costa.
En 743 a. C. Tiglath-Pileser exigió tributos más elevados a todos los Estados de Siria, incluida la ciudad de Damasco. Sin embargo, este aumento de la presión tributaria tuvo como consecuencia que diversos reyes de Siria formasen una coalición cuyo objetivo era sacudirse el yugo asirio. En 737 a. C. los Estados coaligados se negaron a pagar el tributo, y Tiglath-Pileser III emprendió una campaña militar que terminó con la conquista de Damasco y el saqueo de otros reinos rebeldes.

Soldados asirios de mediados del Siglo VIII a. C.

Uno de aquellos reinos que fueron saqueados fue Israel, próspero Estado cuyo rey, Pécaj, se había negado a pagar los tributos. Aunque los arameos de Damasco habían sido siempre los peores enemigos de Israel, el aumento de los tributos exigidos por Tiglath-Pileser empujó al rey israelita a alinearse con los rebeldes. Como consecuencia, el reino de Israel quedó reducido a la comarca que rodeaba a la capital, Samaria, y un número importante de sus habitantes fueron deportados a otros lugares del Imperio Asirio.

Cananeos deportados por los asirios.




Al Sur de Israel, el pequeño reino de Judá superó la campaña de Tiglat-Pileser sin sufrir daños; a cambio, debió someterse enteramente a la voluntad del rey asirio y aceptar sin protestas la entrega de tributos. Era Judá un reino verdaderamente pequeño; su territorio abarcaba exclusivamente las sierras del extremo Sur de Canaán, entre Jerusalén y Berseba. Era un reino de escasa riqueza, pues se encontraba alejado de las grandes rutas comerciales de la región; éstas pasaban cerca de la costa y desde siempre habían estado en manos del reino de Israel y de las ciudades estado de los filisteos, entre ellas, Gaza, Ascalón y Asdod. Podemos decir que a finales del Siglo VIII a. C. la economía de Judá estaba orientada en buena parte hacia la subsistencia, más que hacia la actividad comercial y manufacturera. La capital del reino, Jerusalén, era una ciudad pequeña; más que una ciudad, era una ciudadela, rodeada por un recinto amurallado, en cuyo interior se levantaban el palacio del rey, el templo y las viviendas de los oficiales palatinos, los escribas, los sacerdotes y un pequeño número de artesanos y comerciantes que prestaban servicios a los anteriormente mencionados.

        Reinos de Israel y Judá en tiempos de la campaña de Tiglath-Pileser III.

En el tiempo de los saqueos y las deportaciones llevadas a cabo por Tiglath-Pileser en el reino de Israel, en Judá reinaba Jotam. El rey residía en el palacio, donde almacenaba los tributos recogidos en su pequeño reino; el templo era la casa del dios tutelar de Jerusalén, YHWH. En los poblados y granjas de las sierras de Judá se rendía culto a otros dioses además de YHWH; eran dioses cananeos, conocidos en Israel, las ciudades fenicias y, en general, en toda Siria. No obstante, la casa real de Judá se vinculó desde mucho tiempo antes a YHWH, hasta tal punto que este dios acabó monopolizando el culto en la ciudad de Jerusalén. Por tanto, a finales del Siglo VIII a. C. el culto a YHWH era el culto de las clases dirigentes del reino de Judá. En Israel, sin embargo, YHWH era uno más entre los demás dioses; a lo que hay que añadir que tras las deportaciones, Tiglat-Pileser introdujo colonos procedentes de tierras lejanas, con lo cual, la variedad de cultos se hizo más compleja si cabe.

                                        Diosa Astarté procedente de Laquish, reino de Judá.

Es evidente que a finales del Siglo VIII a. C. el dios YHWH no tenía el monopolio absoluto del culto en el reino de Judá, y quizás ni siquiera en la misma Jerusalén.
Al morir Tiglat-Pileser en 727, Oseas, último rey de Israel, aprovechando el momento de inseguridad por el que pasaba el Imperio Asirio, comenzó a mantener contactos con Egipto para organizar una alianza  antiasiria e interrumpió el pago de los tributos. El nuevo rey de Asiria, Salmanasar V, emprendió al instante una campaña de liquidación, sitió Samaría, la tomó al asalto y deportó a una parte de la población a regiones lejanas. Sobre estos acontecimientos existen dudas acerca si ocurrieron en 724 a. C. o en 722 a. C., reinando ya Sargón II en Asiria.
De cualquier manera, aquello significó el fin del reino de Israel. El libro Segundo de los Reyes se expresa de esta manera sobre este asunto: “El rey de Asiria trajo gente de Babilonia, Cutá, Avá, Jamat y Sefarvain y la estableció en las poblaciones de Samaría y se instalaron en sus poblados” (2 Reyes 17:24). La cifra total dada por las fuentes asirias para las dos deportaciones, la de Tiglat-Pileser III desde Galilea, y la de Sargón II desde Samaría, ronda las cuarenta mil personas, lo que no excede de una quinta parte de la población calculada del reino del norte en las tierras al oeste del Jordán en el Siglo VIII a. C.
Estos acontecimientos causaron una profunda conmoción e Jerusalén; infundieron temor, pero también se vio en ellos una oportunidad de expansión del pequeño reino de Judá. En principio parecía estar claro que situarse en contra de Asiria y no pagar tributos era el camino más seguro hacia la aniquilación; pero por otra parte, la desaparición del reino de Israel supuso que Judá vio removidos los obstáculos para participar en el comercio internacional. Además, se produjo una corriente de refugiados procedentes del extinto reino del Norte, con lo cual la población aumentó, no solo en número, sino también en calidad, pues muchos de aquellos refugiados pertenecían a la élite intelectual de Samaria. Las zonas rurales también experimentaron un enorme crecimiento demográfico y se vieron inundadas de nuevos asentamientos agrícolas y ganaderos; muchas aldeas antiguas aumentaron de tamaño y se convirtieron en poblados. Al concluir el Siglo VIII a. C. había en Judá unos trescientos asentamientos de todos los tamaños y la población rondaba los ciento veinte mil habitantes.
En 718 a. C., dos años después de la desaparición del reino de Israel, subió al trono de Judá el rey Ezequías, hijo de Ajaz, anterior monarca. Al principio mantuvo buenas relaciones con Sargón II, pagando íntegramente el tributo que le exigía el rey asirio. Por aquellos años el reino de Judá estaba en plena expansión económica y demográfica; era un tiempo de bonanza, durante el cual Ezequías obtuvo beneficios de su relación con el Imperio Asirio. Además, en el antiguo territorio de Israel aún quedaba una numerosa población que podía ser atraída por Jerusalén y la dinastía reinante en Judá.


                                  Sello del rey Ezequías.

Debido al rápido desarrollo del reino de Judá, se hizo necesario una reforma administrativa que crease un aparato más adecuado a la mayor complejidad social, económica, política y religiosa. En aquel momento los funcionarios del palacio se convencieron de que era imprescindible reforzar la autoridad real y dar mayor solidez a las estructuras del Estado. Uno de los instrumentos para conseguir este objetivo era colaborar estrechamente con los sacerdotes del templo de YHWH, dios tutelar de la casa de David, de manera que la identificación entre divinidad y corona fuese absoluta, lo que tenía como consecuencia que el culto a YHWH fuese el único legítimo y permitido.
El palacio y el templo de la ciudadela de Jerusalén estaban a escasa distancia uno del otro, fue en las dependencias de estos dos edificios donde se elaboró aquella nueva estrategia política que suponía una extraordinaria hostilidad hacia cualquier culto que no fuera el de YHWH.
Pero, los planes de Ezequías iban mucho más allá; su íntimo deseo era convertir a Judá en un Estado auténticamente independiente y que fuese un eslabón insustituible de la ruta comercial que comunicaba el Mar Rojo y el Nilo con el Eúfrates, Anatolia y el Mediterráneo. Para conseguirlo, comenzó a estrechar lazos con Egipto; aunque lo principal era sacudirse la tutela de Asiria y no pagar tributos. La ocasión se presentó en 705 a. C., cuando murió Sargón II. Cuando un rey asirio moría y otro debía ceñir la corona, siempre se producían rebeliones y conjuras palaciegas; se trataba de un imperio que se mantenía gracias al terror y a una extrema violencia y ésto impulsaba a muchos a sublevarse en cuanto había un momento de debilidad. En 705, Ezequías, aliado con el faraón kushita Shabitko, deja de pagar los tributos al nuevo rey de Asiria, Senaquerib. Los asirios, al ver como Egipto había logrado organizar una coalición de reyes capaz de expulsarles de Canaán, se aprestaron a la guerra. En 701 a. C.   el nuevo rey asirio se presentó con un ejército formidable. No cogió esto por sorpresa a Ezequías, que se preparó concienzudamente para resistir la invasión de Senaquerib. Creó almacenes de grano, aceite y vino y establos para el ganado en todo el reino; construyó un muro de fortificación de más de seis metros de espesor para proteger los barrios recién creados en la colina occidental de Jerusalén y proporcionó a la ciudad un suministro seguro de agua excavando un largo túnel subterráneo que atravesaba la roca para llevar agua desde la fuente de Guijón hasta un estanque protegido intramuros. La ciudad de Laquis, en la Sefela,  fue circundada por un formidable sistema de fortificaciones, con un enorme bastión que protegía la puerta de seis cámaras que daba acceso a la ciudad.
A pesar de tantos preparativos, la invasión de Senaquerib fue un desastre para Judá; los asirios asediaron todas las poblaciones y saquearon los campos de la rica región de la Sefela. Era una campaña calculada de destrucción económica en la que se arrebatarían al reino rebelde sus fuentes de riqueza. El asedio más significativo fue el de la ciudad de Laquis, situada en la zona agraria más fértil de Judá y segunda ciudad principal del reino después de Jerusalén. En un gran relieve mural que decoraba en otros tiempos el palacio de Senaquerib de Nínive se ha encontrado una representación del asedio asirio a esta ciudad; allí puede verse como los asirios construyeron una rampa de asedio por la que empujaron los arietes para batir las murallas de la fortaleza, y como a pesar de la encarnizada lucha de los defensores, finalmente la ciudad fue saqueada e incendiada y los habitantes que no habían muerto fueron sacados por la puerta de Laquis como cautivos.
Después Senaquerib subió hasta Jerusalén y la sitió. En una inscripción Senaquerib dice sobre Ezequías lo siguiente: “En cuanto a él, lo hice prisionero en Jerusalén, su residencia real, como pájaro en jaula. Lo rodeé con terraplenes para importunar a quienes salían por la puerta de su ciudad”.
Finalmente, Ezequías se vio obligado a pagar un fuerte tributo a Asiria y un importante número de judaítas fue deportado a este país; extensas zonas de Judá fueron devastadas y la Sefela no se recuperó nunca del terrible golpe sufrido. El territorio de Judá se redujo de manera espectacular y solo se libraron de la destrucción Jerusalén y las colinas situadas al sur de la ciudad. Asiria fue la gran triunfadora y Senaquerib consiguió plenamente sus objetivos: quebró la resistencia del reino de Judá y lo sometió. Ezequías había heredado un Estado próspero y Senaquerib lo destruyó.

             Asedio y destrucción de la ciudad de Laquish mediante rampas y máquinas de guerra.

El objetivo final de Senaquerib era Egipto y, tras dejar a Judá en lamentable estado, allí se dirigió, llegó al delta, pero en Pelusio una epidemia se propagó por el ejército asirio y lo diezmó; como consecuencia, Senaquerib hubo de retirarse por donde había venido y Egipto evitó una probable catástrofe.
Ezequías se quedó lamiéndose las heridas y en 698 a. C. murió, sucediendole en el trono su hijo Manasés. Por supuesto que lo primero que hizo Manasés fue someterse a Senaquerib y pagar los tributos. Heredó un reino débil y empobrecido por la guerra. En esta situación, consideró que la política llevada a cabo por su padre había sido un fracaso. Los funcionarios y sacerdotes patrocinadores del culto exclusivo a YHWH fueron relegados y promocionaron otros favorables a la apertura a los cultos cananeos y sirios en general; era evidente que en un momento tan delicado era necesario contar con la colaboración de todos, y era una idea descabellada imponerse por la fuerza. 
El pequeño reino de Judá se encontraba en aquel momento en el centro de un conflicto internacional de grandes dimensiones. La XXV dinastía egipcia, también llamada kushita, era de origen nubio; se trataba de una dinastía de guerreros que habían conquistado Egipto, creando un imperio enorme que llegaba desde el delta del Nilo hasta la cuarta catarata. Los reyes de esta dinastía quisieron desde un principio expandirse por Asia e incorporar a su imperio la ruta comercial cananea, fuente de grandes ingresos de carácter comercial. Pero aquí habían chocado con Asiria; la frontera entre ambas potencias eran el reino de Judá y las ciudades estado filisteas. Como hemos dicho, y obligado por las circunstancias, Manasés tomo partido por el lado asirio, y salió beneficiado, pues además de conseguir la protección de Senaquerib, consolidó a Judá como vía comercial de primer orden en la región.
En 681 a. C. murió el rey Senaquerib, asesinado por dos de sus hijos mientras rezaba en el templo de Nínive. Tras un breve período de luchas entre sus herederos, su hijo Asarhaddón ciñó la corona de Asiria. Durante este período y hasta su muerte, Manasés permaneció fiel a Asiria; cuando murió Asarhaddón en 669 a. C. y le sucedió Asurbanipal, el pequeño reino de Judá continuó en la órbita de Asiria.
Manasés significó la vuelta al poder del bando moderado, opuesto a la política de Ezequías; el rey optó por cooperar con Asiria y reincorporó Judá a la economía internacional. Los profetas y sabios partidarios del culto exclusivo a YHWH se sintieron frustrados por aquella deriva de los acontecimientos; si Ezequías era considerado por ellos el salvador de Israel, su hijo Manasés era la encarnación del mal. Cuando Manasés murió en 642 a. C. los redactores de la Biblia ajustaron cuentas y lo retrataron como el rey más malvado y el padre de todos los apóstatas. Cuando murió el rey Manasés, le sucedió Amón, de breve reinado, pues falleció en 639 a. C.
 Amón fue asesinado y le sucedió en el trono de Judá su hijo Josías cuando solo tenía ocho años de edad. Josías es el ideal hacia el que parecía tender toda la historia de Israel. Emprendió una campaña para desarraigar cualquier rastro de culto extranjero o sincretista, incluidos los venerables altozanos de las zonas rurales; no se detuvo siquiera en la tradicional frontera septentrional de su reino, sino que continuó hacia el norte, hasta Betel, donde se encontraba el templo rival del de Jerusalén. Lideró un movimiento religioso que produjo los documentos centrales de la Biblia a raíz del descubrimiento fortuito del Libro de la Ley mientras se realizaban unas obras de restauración del Templo de Jerusalén en 622 a. C. Aquel libro, identificado por la mayoría de los estudiosos como una forma original del Deuteronomio, provocó una revolución en el ritual y una reformulación completa de la identidad israelita. Contenía las características esenciales del monoteísmo bíblico: la adoración exclusiva a un Dios en un lugar, la observancia centralizada y nacional de las principales fiestas del año judío y un conjunto de leyes que trataban del bienestar social, la justicia y la moralidad personal.
El libro fue encontrado por Jelcías, sumo sacerdote, quien inmediatamente se lo entregó al rey, que quedó profundamente impresionado por su contenido. Josías reunió enseguida al pueblo de Judá para realizar un solemne juramento de someterse enteramente a los mandamientos divinos detallados en el libro recién descubierto.
El Libro de la Ley fue considerado el código legal definitivo entregado por Dios a Moisés en el Sinaí y se pensó que su observancia garantizaría la supervivencia del pueblo de Israel. Los paralelos concretos y directos entre los contenidos del Deuteronomio y las ideas expresadas en la descripción bíblica de la reforma de Josías indican claramente que ambos compartían una misma ideología. El Deuteronomio es el único libro del Pentateuco que afirma contener las “palabras de la alianza” que todo Israel debe seguir (29:9); es el único libro que prohíbe ofrecer sacrificios fuera del “lugar que el Señor, vuestro Dios elija” (12:5); y es el único libro que describe el sacrificio nacional de la Pascua en un santuario nacional (16:1-8). Podemos decir con toda seguridad que el Libro de la Ley es una versión original del Deuteronomio y que, más que un libro antiguo repentinamente descubierto, fue escrito en el Siglo VII a. C., inmediatamente antes del reinado de Josías o en el curso del mismo.
                               Libro de la Torah.

Josías emprendió la reforma puritana más profunda de la historia de Judá; acabó con los ritos idólatras en Jerusalén y con todos los santuarios de dioses extranjeros; puso fin a los ritos sacrificiales celebrados por los sacerdotes rurales en los altozanos, cuyos altares profanó.
Esta reforma era la superestructura ideológica de un gran proyecto político: expandir Judá hacia el norte, apoderarse de las comarcas de las tierras altas del reino septentrional vencido, centralizar el culto israelita y crear un gran Estado de todo Israel. Un plan tan ambicioso requería una propaganda vigorosa y activa; y para satisfacer esta necesidad, se redactó el núcleo principal de la Biblia. Es imposible saber si se habían compuesto versiones anteriores de la historia de Israel en tiempos de Ezequías o por iniciativa de alguna facción disidente durante el largo reinado de Manasés, o si la gran epopeya fue redactada enteramente durante el reinado de Josías.
Sin embargo, un programa de reformas de esta envergadura no era posible sin que contemplase el aspecto social. Por esta razón el Deuteronomio contiene leyes éticas y disposiciones para el bienestar social, e invita a proteger al individuo y a defender los derechos y la dignidad humanos. Los derechos de la tierra familiar debían protegerse contra el desplazamiento de las antiguas lindes (19:14); se garantizaban los derechos de las esposas repudiadas por sus maridos (21:15-17); se ordenaba a los agricultores dar cada tres años el diezmo a los pobres (14:28-29); los esclavos debían ser liberados tras seis años de servidumbre (15:12-15).
Pero todo este programa de reformas y este proyecto político no hubieran sido posibles si la fortuna no hubiese brindado la ocasión al rey Josías. Cuando el príncipe Josías subió al trono de Judá en 639 a. C., el Imperio Asirio estaba en decadencia, debido a la presión de los escitas en el norte y los conflictos en Babilonia y Elam en el sur. En 626 a. C. estalló una sublevación en Babilonia y en 623 a. C. una guerra civil en la propia Asiria. De esta situación se aprovechó el faraón Psamético I, fundador de la XXVI dinastía. Durante su reinado, desde 664 hasta 610 a. C., las fuerzas asirias se retiraron de Egipto y dejaron Canaán en manos egipcias. La retirada asiria fue pacífica; es posible incluso que se llegase a un acuerdo para que Egipto heredara las provincias asirias al oeste del Éufrates a cambio de apoyar militarmente al decadente Imperio Asirio. En virtud de estos acontecimientos, los egipcios pasaron a controlar las rutas comerciales de la llanura costera de Canaán.

                                       Psamético I.

El reino de Judá vio entonces abierto el camino para apoderarse de las tierras del desaparecido reino del norte y unir a todos los israelitas. Aunque no existen testimonios arqueológicos que lo demuestren, lo más probable es que Josías extendiese su reino hasta la región de Samaría por el norte, y por el sur hasta el desierto más allá de Berseba. En la Sefela, se reconstruyó Laquis y se fortificó de nuevo, pero es poco probable que Judá se extendiese más al oeste, hacia la llanura litoral, pues estos territorios estaban bajo el poder de Egipto.
El declive de Asiria era tan rápido que en 616 a. C. Egipto envió un ejercito hacia el norte para apoyar al moribundo imperio contra la amenaza de Babilonia; pero todo fue inútil, ya que en 612 a. C. cayó Nínive y la corte se refugió en Jarán, al oeste. Cuando murió Psamético en 610 a. C., subió al trono su hijo Necó II y los egipcios se vieron obligados a retirarse del norte, mientras los babilonios tomaban Jarán. Al año siguiente, 609 a. C., Necó decidió volver al norte acompañado de un gran ejército con la intención de obtener de sus vasallos de Palestina y Siria la renovación del juramento de lealtad que habían hecho anteriormente a su difunto padre. Al llegar a la fortaleza de Megiddo, Necó convocó a Josías para que se reuniese con él, pues se trataba de uno de sus vasallos. En aquel momento, Necó ordenó que ejecutasen al rey Josías.
En la Biblia se da otra versión de este acontecimiento. En el libro segundo de los Reyes se dice que “En su tiempo, el faraón Necó, rey de Egipto, subió a ver al rey de Asiria, camino del Éufrates. El rey Josías salió a hacerle frente, y Necó lo mató en Megiddo al primer encuentro” (2 Reyes 23:29).
El segundo libro de las Crónicas añade algún detalle y transforma la información sobre la muerte de Josías en una tragedia en el campo de batalla:
“Necó se dirigió a Cárquemis, junto al Éufrates, para entablar batalla. Josías salió a hacerle frente. Entonces Necó le envió este mensaje: No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti… Pero Josías, en vez de dejarle paso franco…, entabló batalla en la llanura de Megiddo. Los arqueros dispararon contra el rey Josías, y éste dijo a sus servidores: Sacadme del combate, porque estoy gravemente herido. Sus servidores lo sacaron del carro y lo trasladaron al otro que poseía y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Lo enterraron en las tumbas de sus antepasados” (2 Crónicas 35:20-24).
La versión bíblica tiene muchos partidarios; sin embargo, es difícil que Josías llegase a Megiddo con un gran ejército para detener a Necó; en primer lugar porque Josías no podía contar con un ejército comparable al del faraón. Además, alejarse tanto de Jerusalén con todos sus soldados era muy arriesgado, el corazón de Judá hubiera quedado totalmente indefenso.
La teoría de que Josías acudió a la llamada de Necó como vasallo obediente y no como enemigo, y que sorprendentemente fue ejecutado en Meggido, se basa en que el faraón Necó se encontraba enfurecido con él por la política expansionista que había desarrollado en las tierras del norte y, sobre todo, en la Sefela. Necó sospechaba que Josías iba a cambiar de aliados, poniéndose del lado de los babilonios. En resumidas cuentas, lo consideraba un traidor en potencia.
Una cosa es clara. Los redactores de la Biblia, que veían en Josías un mesías ungido por Dios y destinado a redimir el reino de Judá y conducirlo a la gloria, no supieron cómo explicar que pudiera haberse producido semejante catástrofe histórica. Los sueños de aquel rey aspirante a mesías fueron silenciados brutalmente y de la noche a la mañana se vinieron abajo décadas de renacimiento espiritual y esperanzas visionarias.
Sin embargo, y a pesar de la destrucción del reino de Judá y la ciudad de Jerusalén en 587 a. C. por Nabucodonosor, los afanes de Josías y el grupo de sacerdotes y escribas que estaban con él no fue en vano, pues de su esfuerzo surgió el texto más importante de la Literatura Universal, el que más influencia ha ejercido sobre el pensamiento de la humanidad y la semilla de un pensamiento teológico y ético que es el origen de las religiones monoteístas. Con todas sus virtudes y todos sus defectos.